La irrevocable verdad de Mark Twain

Published On June 16, 2016 | By Sebastian Silva | Cultura

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Samuel Langhorne Clemens comenzó a publicar una serie de cuentos firmado con un seudónimo que sería de los más significativos de la literatura universal: Mark Twain. Aquel hombre de prominente bigote, con el pelo alborotado y siempre vestido con un ajustado traje blanco y corbatín negro, se ganó instantáneamente la simpatía y la aclamación mundial para siempre gracias a su dilatada obra literaria: libros de viajes, artículos periodísticos, sus sátiras originales, sus entrañables novelas como Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), entre otras, y sus diversos ensayos.

No obstante, el escritor estadounidense le envió una carta a su amigo el reverendo Joseph Twichell en 1906, cuatro años antes de su muerte, en la que se refería a un asunto que lo angustiaba:

¿Soy honrado? En confianza les doy mi palabra de honor que no lo soy. Durante siete años he ocultado un libro, que mi conciencia me dice debo publicar. Considero una obligación moral el hacerlo. Hay otros penosos deberes a los que me debo, pero a ninguno tanto como este”.

Así se expresaba el creador de Tom Sawyer. En dicha carta se refería a su ensayo titulado ¿Qué es el hombre?, que por su alto contenido polémico no se atrevía a publicar. En él, Twain pone de manifiesto toda su concepción con respecto a la vida, sobre la moralidad pública que tanto desdeñaba y, sobre todo, la respuesta a tantos interrogantes despertados por la naturaleza humana.

El libro está escrito en forma de diálogo sostenido entre un viejo y un joven. El primero -en quien Twain tiende a verse así mismo- afirma que el humano es meramente una máquina que debe su funcionamiento a su naturaleza psíquica, y a las influencias externas (hábitos, herencia, asociaciones) bajo las cuales está sometido. “La opinión de una persona no es creada por él -dice el viejo-, son retazos de ideas, impresiones, sentimientos reunidos inconscientemente y que proceden de un millar de libros, conversaciones, experiencias y pensamientos que se han derramado en su corazón y cerebro, que a su vez proceden de cerebros y corazones de siglos pasados. Ellos forman los modelos del intelecto y elaboran el complejo mecanismo de la mente”.

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En ese contexto Twain agurmenta que los humanos no crean espontáneamente una opinión, sino que ésta se da automáticamente por medio de nuestro cerebro que va en estricto acuerdo con las leyes de su elaboración; es decir, que obedecerá a las influencias, a la formación cultural y ambiental a la que cada uno haya estado sujeto. “En cierto un punto -continúa el viejo- es posible que incluso un accidente, una observación recibida por alguien, el párrafo de un libro, y así, pueda impulsar a una persona hacia otra trayectoria, a buscar nuevas asociaciones que armonicen con su nuevo ideal.

Por otro lado, establece que existe, inexorablemente, un solo impulso que motiva a las personas a hacer las cosas: su íntima aprobación. De esa forma, depende de cada uno si su satisfacción personal le confiere beneficios a los demás-

-¡Bah, eso no puede ser! Eso ubicaría al hombre en una situación de solo buscar su comodidad y ventaja- refuta el joven.

-Te equivocas -responde el viejo- el hombre hace diariamente sacrificios por otros, pero los hacen en su propio beneficio en primer lugar. Sus actos deben proporcionarles satisfacción personal en primer término, el resto viene en segundo lugar.

Cabe recalcar que los tiempos en los que vivía Twain la religión y status quo conservador de los Estados Unidos del siglo XIX llevaban la batuta del la opinión pública, y este texto hubiese destinado toda su carrera a la hoguera. Twain lo temía así, por eso confesó: “¿Por qué los hombres no hablaron de estos temas claramente? Porque temían y no podían sobrellevar la desaprobación de las gentes que les rodeaban. ¿Por qué no los he publicado yo?, la misma razón me ha retenido, según creo. No puedo encontrar otra”.

Pero sin embargo publicó el libro. Al principio con un seudónimo y con una tirada de solo 250 ejemplares. Las primeras críticas oscilaron entre el desdén y los alagos. El diálogo entre el viejo y el joven, más allá del tema en sí, resalta por su extrema sencillez en explicar un tratado de semejante rigor filosófico.

La concepción del hombre-máquina es razonable pero no es la ley general. Si bien somos esclavos del hábito (y de ésos dependerán, como bien dice Twain, si nos elevan o nos rebajan), el proceso de creación y reflexión del humano es inamovible. Siempre habrán ideas íntegras.

Aun así, ¿Qué es el hombre?, es una lectura deleitante, como todo el material del hombre real, como a Bukowski le gustaba llamarlo. Twain nos dejó una joyita de luz que apenas empieza atisbar la oscuridad de las raíces del hombre.

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