Pablo Maeda: “Nuestro disco no está hecho para los que no escuchan música”

Published On January 26, 2017 | By Martin Velazquez | Criticas de discos, Entrevistas, Musica

El cantautor presentó a fines del año pasado, Islandia, su segundo disco de estudio, ahora en formato de banda, junto a Los Islandeses. Con él hablamos del concepto detrás del álbum, sus orígenes, el paso por Tokio y la actualidad en el rock.

 

 

 

 

 

 

Las disputas bélicas en territorio británico a fines del siglo IX empujaron al vikingo noruego Ingólfor Arnarson a partir junto a su tropa en la búsqueda de nuevos horizontes. El mundo, en ese entonces, parecía un espacio inabarcable a la razón humana. Hacía el 874 d. c. sus tripulantes divisaron la orilla de algo que, entendieron, podía significar su salvación. Los primeros pasos fueron sobre una tierra gélida, desolada, cubierta por extensos bosques de abedules que servían como protectores de un clima boreal. Cuenta el manuscrito histórico conocido como Landnamabók que Ingólfor situó su hogar en una bahía vaporosa – producto de la actividad volcánica – adonde habían ido a parar los cetros de su sillón vikingo arrojados sobre el mar al momento del desembarco. Esa bahía era la hoy Reykjavik, la capital más al norte de toda Europa. Desde allí, Ingólfor se rodeó de más de 400 familias inmigrantes que, en su intercambio de costumbres, comenzaron a darle identidad propia a lo que actualmente conocemos como Islandia. Todo proceso implica aceptar transformaciones, reinventarse. De sentar bases en Trenes, a un proyecto solista con impronta folk en La Métrica del Espacio (2013), Pablo Maeda finalmente encontró su lugar musical en Islandia, su segundo material discográfico, esta vez, junto a los viejos conocidos de siempre hoy agrupados en Los Islandeses: Lucio Curto (Batería); Hernán Bocaccio (Guitarra); Fernando Masci (sintetizadores); Cristian Maeda (bajo); y Camilo Arbuco, (percusión y batería eléctrica). Con un espíritu más ambient, cruzando notorias influencias de Radiohead, las nueve canciones de Islandia desprenden un trabajo escrupuloso y pulido donde resaltan las melodías nostálgicas, las atmósferas opacas y un trabajo instrumental preciso para acompañar una voz casi evanescente.

 

Portada a cargo de Marina Fages

 

Resultado de un extenso tiempo de trabajo que incluyó la grabación en el Estudio Invisible encabezada por Pablo Acosta y la producción de Mariano Di Césare, Islandia es un álbum total, para escuchar, a la vieja usanza, de principio a fin, hasta lograr bañarse de sus paisajes.

Tras la entrada a un clima soporífero en su introducción, “Reykjavik” rompe con una batería que suena setentosa junto a una guitarras minúsculas, más cercanas a Floyd, que introducen la voz de Maeda que, suspendida en el aire, expira: “En el reflejo es posible/ Ya verás/ Como un fantasma vivir/ Sin respirar”. Si bien en “La Métrica del Espacio” hay una continuación espacial, se exhibe un corte más en formato canción: una construcción mediata y un estribillo que rompe en velocidad y fuerza que, según Maeda, “quiere reflejar un quiebre o cambio de actitud respecto al disco anterior”. En la trilogía de “Lobo” es donde más resuena la esencia de Islandia: un clima edificado con sutiles arreglos que se suman a un sonido que se espesa (del lobo solitario a manada), empujado por una voz suave, transparente. “Cambio el pelaje y me uno a los lobos que corren/ Mientras el silencio espera un grito más/ Visto la sangre en los dientes, con ojos de hombre/ Y un lobo salvaje nacerá”. En las tres partes de la canción hay un componente de libertad plena, donde los instrumentos alcanzan su cenit, sin forcejeos. Con “Havoc-Mayhem” hay un aterrizaje por senderos de suave oscuridad linderos a The Cure; destaca la base que sostiene magistralmente la delicadeza de las guitarras hasta el final. En el último tramo, “Rutas Marcianas” tiene todo para ser el destacado, en particular por los tonos celestiales de la melodía que, de un simbólico acompañamiento, mutan hacia un sonido cargado, envolvente, furioso. “Gyrio”, sobre el cierre, ofrece una porción de paz, remitiendo a una partida (familiar) que también es reencuentro.

 

 

 

 

 

 

Curiosamente el título del disco y la banda que te acompaña coinciden en el nombre, ¿Tiene que ver con haber formado una agrupación exclusivamente para tocar con vos el álbum?

 

Islandia fue concebido para ser tocado por una banda, y no de otra manera. Te das cuenta cuando me invitan de alguna radio. Con los chicos de Los Islandeses, en realidad, vengo tocando hace casi diez años. Tuvimos una formación previa que se llamó Trenes aunque, por motivos personales que nada tenían que ver con el grupo, decidí paralelamente buscar mi propio proyecto. Tuvo que ver con estar en otro circuito musical: los chicos me dijeron “todo bien”. Ahí es cuando empezó el camino que culminó en La Métrica del Espacio. Cuando se separó la banda, todo se empezó a volcar hacia mi otro proyecto. De alguna manera volvimos a ser una banda. Es inevitable y mejor que sea así; una cuestión de energía también. Cuando compartís música todo se amalgama y se funde, y de ahí salen las cosas buenas.

 

Islandia se caracteriza por canciones, si bien no todas duraderas, que requieren un tiempo para alcanzar su desarrollo y que bordean lo conceptual. ¿El disco fue pensado como un todo musical que pueda ser escuchado del primer al último tema sin interrupciones?

 

En el disco, a diferencia de la música que está circulando en el ambiente, que es algo más instantánea, hay temas que necesariamente requerían un desarrollo; no los podíamos concebir de otra manera. En un momento llegamos a tener casi el doble de temas que los editados (pensamos que el disco podía llegar a durar como tres horas). Pero, finalmente, nos la jugamos a que sea un álbum de desarrollo, donde el que lo escuche tenga que sentarse y digerirlo; deba entrar en esa atmósfera. Después de todo, es la música que nos gusta: Pink Floyd, Radiohead, Sigur Rós. Por eso, desde ya, era un poco difícil despegarse de ese concepto musical.

 

Cuando uno repasa las canciones ve, por un lado, que hay una guiño referencial al título del álbum en los nombres de las canciones y, por otro, que las letras traslucen sensaciones de desolación, de partida, de movimiento, aunque siempre buscando una salida de ello. ¿Son situaciones que pasaron por tu cabeza al momento de componer?

 

Si y lo veo algo natural en todas las personas. Cuando estás en contacto con otra gente tenés un comportamiento, una forma de ser; es automática. En mi caso, me gusta mucho reírme, me hace bien. Cuando estoy solo no puedo transmitirlo, transitan otras cosas. Mi mecanismo de defensa parte de eso: tratar de no darle tanta importancia a las cosas, despegarme de lo que soy cuando estoy solo. Estas cosas son las que aparecen cuando uno empieza a escribir: hurgar y meterse cada vez más adentro. A veces soy un poco extremista, paso de un lado a otro. Pero creo que, finalmente, uno tiene que ser como es, no negarse. Islandia salió de esa manera, y tal vez el próximo salga distinto, un poco más alegre, pero siempre va a ser natural.

Cuando no se presta la atención al disco entero te sentís un poco desvalorizado, ya que por algo el álbum se concibe como una obra cerrada, completa. Me pasó con un amigo que escuchó el disco entero y me dijo, a partir de eso, que entendió el concepto detrás de Islandia. Es bueno que eso pase, aun si fuera una sola persona. Me alegra saber que alguien haya podido captar la idea que uno buscó concebir en las canciones. Ya es un logro.

 

¿Como llegó Mariano Di Cesare a ser el productor del disco?

 

Nos conocíamos ya de antes. Él había hecho uno de los vídeos de La Métrica del Espacio. Tuvo buena onda y nos empezamos a juntar cada vez más, en recitales o incluso para jugar al fútbol. Además, yo tocaba antes con el hermano, Juampi Di Césare. De alguna manera te vas relacionando. Por eso, al momento de hacer el disco, pensamos que sería lo mejor tener alguien que nos produzca y, entre varios nombre, saltó el de Mariano. Quisimos que sea alguien cercano a nosotros, que pudiera llegar a entender lo que estábamos haciendo.

 

¿Cuánto hay de tus raíces japonesas puesto y transmitido en la música que haces? ¿Qué te dejó el viaje a Tokio del año pasado?

 

Quizás no con la música en particular sino con la forma en la que encaro la música: hay un respeto mayor. Por ahí no soy la persona más disciplinada o la más estudiosa. Pero sí pienso en hacer mi trabajo con el mayor respeto y seriedad posible; ir con todo. Si vas a dejar un montón de cosas para hacer música, merece que sea con lo mejor que tenés. Es una premisa cultural: poner el máximo esfuerzo en lo que hacés. Y ese es el momento por el que transito ahora.

Habia estado hace diez años atrás. Mis viejos vivían allá en ese momento por una cuestión de laburo. Soy el menor de tres hermanos, y mis padres nos pedían que vayáramos a conocer alguna vez el Japón. En ese entonces fui a laburar un tiempo con mi viejo, fueron dos meses de recorrido y de trabajo. En cambio el año pasado, aprovechando ese viaje, pensé en hacer una gira. Fue un flash. Sigo sin poder creerlo. Ya paso un año y todavía estoy allá, es más, sigo en contacto con mucha gente de ahí.

 

¿Cómo es el público de allá y cómo fue la experiencia de tocar ante ellos tus canciones?

 

Es receptivo, absorben todo. Para ellos el lenguaje no es una barrera. Cuando estaba en Tokio había otra gente girando, bandas norteamericanas entre otras. Y todas nos preguntábamos: ¿Se entenderá lo que hacemos? Y sí. Un día una persona del público me encaró luego del show y me dijo que ciertos pasajes le remitían a algo muy fílmico. Yo no lo podía creer porque tenía ver con muchas ideas que habíamos planeado. Y que eso se haya plasmado en una canción te vuela la cabeza. Con la gente y las otras bandas, todo, es algo difícil de creer. No esperaba todo eso.

 

¿Por qué Islandia se presentó casi a fin del año pasado? ¿Qué sintieron al poder tocarlo por primera vez después de tanto tiempo de trabajo?

 

Tenía que salir ya porque era el momento para que salga, no se podía esperar más por él. Con todo lo que eso requería el presentarlo casi a fin de año. Era quemar un cartucho fuerte. Ahora, la idea es poder tocarlo durante todo este año. La única respuesta es que era el momento que tenía que salir: fueron dos años de laburo en el disco, eso se acumula y si no lo hacés en el momento correcto algo se rompe y se pierde.

Plasmar en vivo las canciones fue un éxtasis total. Hacía dos años que no tocábamos en vivo con la banda. Había cierto nerviosismo sobre qué iba a ocurrir. Por otro lado, tampoco somos tranquilos, nos ponemos bastante nerviosos antes de tocar. Sin embargo, esta vez, llegado ese día, si bien había nervios previos, cuando estábamos en el escenario con el telón cerrado – Caras y Caretas – me doy vuelta y les digo: “ya está, tenemos que tocar”. Y creo que nunca disfrutamos tanto como ese día en la presentación en vivo del disco.

 

Pablo Maeda y Los Islandeses se van a estar presentando este viernes 17/2 en Roseti (Roseti 722/CABA) junto a La Venganza de Cheetara a las 21:00.

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