Roben Couso: Hombre mirando desde el sur

Published On December 31, 2016 | By Martin Velazquez | Criticas de discos, Entrevistas, Musica

En un 2016 plagado de lanzamientos discográficos, el cantautor hizo su debut solista con Las cosas tienen un lugar, un álbum personal, espontáneo y de melodía sincera. Ahora en formato de banda, junto a Los Noruegos, hablamos con el músico de Temperley sobre lo que dejó este año, las inquietudes de ayer y de hoy, y las proyecciones para el 2017.

 

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Hay una fuerza creadora en la marea: en el movimiento circular de las olas que, ligera o intensamente, son empujadas por el soplo del viento con la intención intrínseca de edificar relieves, trazar caminos y disponer climas. La arena y los sedimentos, productos de la erosión de las rocas y el arrecife, generan, en forma inmediata, sensaciones intimistas de calma, regocijo y sosiego, más aun cuando se mimetizan con la humedad de los pies mientras recorren la vera de la playa, respirando la fragancia de un mar abrasador e incontenible. Por otro lado, las costas, también saben recrear un escenario melancólico y desesperado. Cuentan los trascendidos de la época que, a principios del siglo XVII, el artista barroco Caravaggio volvía a Roma luego de acordar una amnistía con el cardenal Borghese, quien había puesto precio a su cabeza tras el asesinato de un hombre en una trifulca. Los aconteceres del clima quisieron que la falúa que lo transportaba, afiebrado, hiciera un parate en Porto D’Ercole, donde fue apresado y confinado a un oscuro calabozo. Dos días después, al salir, vio como la embarcación donde iban todas sus obras lo dejaba varado en medio de la playa. Desolado, corrió, siguiendo el reflejo de su rostro moribundo en el agua, como en un último cuadro mental, hasta caer desfallecido.

 

En ese contraste de sentidos, la música funciona como eyector de rebeliones, de las costas californianas que expulsaron los demonios de los hermanos Wilson a los acantilados de Girón que Silvio Rodriguez ilustró como montículos de la resistencia cubana. En Las cosas tienen un lugar, Roben Couso construye un puente entre la hondura introspectiva y la simpleza originaria de los sonidos musicales. Amparado en bases folk de orígenes nórdicos pero con texturas del brit de la última década y la herencia pop nacional, en las diez canciones que conforman su primer trabajo de larga duración como solista, el músico oriundo de Temperley se corre a un lado de la marea eléctrica para revitalizar la naturaleza instrumental con capas de ambientación natural, que nos invitan a resbalar en un mar cansino y balsámico, pero atractivo e interpelador.

 
Así como la cosmología nórdica hace eje en la tensión de opuestos: la luz y la oscuridad funcionan como representaciones metafísicas que, en su disparidad, dan origen al universo tal como lo conocemos; Couso hace uso de la simplicidad de la melodía para, con ella, elaborar un arduo y pulido trabajo en el recorrido sonoro de las diez canciones que conforman Las Cosas tienen un lugar. “Buscar la complejidad en lo simple”, sintetiza el integrante del Club de la Serpiente. En ese trabajo casero pero profesional, Couso eligió grabar cada instrumento, minuciosamente, buscando resaltar la energía inherente a su esencia primaria. Con la mano aceitada de Rodra Lopez como productor – en pleno traspaso de Alpina Records a Omni – las diez canciones encuentran complicidad, un orden natural: en el uso de climas ambiente; sonidos de artefactos; y un estilo personalísimo, mediado entre gamas de géneros, que ofrece el espejo de un músico que atraviesa décadas pasadas; ensoñaciones desencajonadas de la memoria; caminatas por Temperley; e instantes de un pasado reciente y abrupto, incluso simultáneos a la gestación del alma matter del álbum: “fresco y espontáneo pero con un sonido puro y real”.

 

En esa misma espontaneidad, lo que fue un rostro mutó a una agrupación sostenida en el tiempo que supo explotar las potencialidades individuales. Con Nicolas Valsecchi en percusión y vientos, y Ariel Ronchi en bajo y synthes, los Noruegos generan un clima de amalgama que recorre las diez canciones del material musical. “Distancia” abre con un rasgueo que marca el rumbo melódico y un coro que rompe desde una sintonía en folk sureño. “El agua me dejó, un río inmenso/ El viaje me tragó, sonrisas de vapor”, pincela Couso con un tono entre melancólico y beato. El banjo se hace fuerte en “Lo que hay en tu voz”; una canción de mayor opacidad, con acentuación en cada rima, ensoñaciones pujadas por las palabras cansinas y cuyo tramo final deja un logrado collage de sonidos. Casi en la misma línea compositiva, “Donde Quieras” vuelve con a temática onírica sobre un fondo de hiatos sonoros donde se destaca el juego de voces. En “Mary Soleil” hay otro vestigio sonoro más cercano al indie pop – quizas Belle and Sebastian – con punteos que le dan ese tono de aire de mar que, desde la portada del álbum, invita a naufragar. “Dónde fue a parar/ esta soledad/ dónde fue a parar”, remilga “No tengo nada que mostrar”. De pena mullida, y con una atmósfera de extravío lograda con una base simple y el color de las voces, aun así, el tema alienta al movimiento del cuerpo ante cada estribillo promulgado. En el tramo final del disco, “Fingiendo”, que inicia con un poema descreído, aborda un matiz sonoro más oscuro, en consonancia con la lluvia de fondo, que nos hace recordar un poco el Rabbit de Unkle con Thom Yorke. Mismo rumbo para “Lo ves” que en un clima de penumbras bien dilucidado por los arreglos, arroja: “Voy a contar todas mis dudas/ Seré parte de otra cosa”. Si acaso Las cosas tienen un lugar tiene escala en los noventa, el último tercio del disco es el más acentuado: un aura alternativa pero desenchufada, como Jeff Buckley o el Central Reservation de Beth Orton. ¿El cierre? El homónimo, un atisbo de folk pop más movedizo e inquieto.

 

 

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Definiste el álbum como un trabajo minimalista que busca recuperar el sonido real de los instrumentos, ¿cuánto de un trabajo minucioso y artesanal tuvo el disco y cuanto fue una puesta espontánea?

 
Las canciones del disco las tenía guardadas porque no tenían un lugar en la banda que yo integraba en ese entonces; tal vez por su estilo, lo cierto es que ese espacio no estaba. De ahí que el nombre del disco haga hincapié en eso. El concepto, desde un primer momento, más allá de las canciones, tuvo como premisa ser un disco “real”, diferente; tratar de buscar lo originario, que es un premisa que tengo siempre a la hora de generar arte. Eso se buscó en el sonido, que es su esencia. Con “minimalismo” quiero hacer referencia a que cada instrumento tiene un papel relevante en la cancion. Es más realidad, menos artificial.

 

En esa intención de llegar a un sonido real, ¿hay una respuesta hacia ciertas tendencias actuales que priorizan efectos de pedales y sintetizadores?

 

No una respuesta, pero sí es verdad que hay una realidad más artificial y no solo en la música, es en la cultura misma. Todo es bastante plástico. No obstante, la elección sonora es una cuestión de gustos, de buscar tu propio sonido. Además, francamente, me gusta ese tipo de música también, escucho a varias bandas que se apoyan en ese estilo. Si bien Las cosas tienen un lugar puede tener un aire recurrente a los años noventa, también incluye una porción de modernismo; se nota que es un disco actual aunque el sonido pueda hacer pensar lo contrario.

 

¿Qué cambios internos como artista te llevaron a querer lanzarte como cantautor luego de participar en diferentes formaciones? ¿Crees que a partir de ello cambió la mirada del otro respecto a tu trabajo?

 

Lo que me llevo a hacer el disco y ser cantautor fue la mera necesidad de mostrar los temas que había compuesto. Por eso tome la iniciativa: de una forma más simple y rápida de lo que hubiera sido en la banda que tenía. Fue así como elaboré las canciones y empecé a salir a tocar; como resultado de eso salió el disco. El cambio más importante a partir de la realización del álbum se dio a partir de los ojos puestos en él por parte de los demás; esa mirada que te hace sentir algo más profesional. A raíz de eso, haber hecho el disco es sumamente importante. Desde ese instante me han recibido desde otro lugar, con mayor respeto al tener un material acabado. De eso me di cuenta posteriormente a su lanzamiento.

 

El disco, conceptualmente, parece querer mimetizarse con el clima de las costas y con lo que lo circunda espiritualmente, ¿cómo surgió ese interés por las playas y el mar, y cuánto afectó a la edificación de las canciones?

 

Después de haber hecho un viaje a Uruguay descubrí un lugar que no conocía, y me encantó. Todas las playas de ahí me impactaron. De esa experiencia, volví con muchas ganas de componer canciones. Fueron dos semanas en las que salieron tres canciones, y eso conllevó a que me sintiera listo para entrar de lleno en el disco. Particularmente, la playa no es el paisaje que más me gusta pero la costa: el agua, el mar, el viento, la brisa y las olas; todo tiene que ver con la frescura. Y mi idea apunta un poco a eso: un disco fresco y espontaneo que, en cierto sentido, repite lo que transmite la playa. La portada del disco también refleja eso.

 

Respecto a los temas, hay de todo: canciones viejas que compuse cuando tenía apenas 19 años que remiten a mi niñez; otras actuales: se hicieron muy cercanas a la grabación de Las cosas tienen un lugar; son aquellas inspiradas en Uruguay. De todas formas, han sido canciones que no estaban totalmente terminadas, aún las viejas. Incluso me ha pasado de tener que grabar y, al mismo tiempo, terminar de escribir la letra. Esas cosas pasan, y me gusta que así sea, porque se relaciona con la idea de espontaneidad que defiendo y busco transmitir.

 

La desolación, las partidas y la distancia parecen ser una constante en tus palabras durante los diez temas, ¿a qué responde esa línea de sensaciones?

 

No soy específico al momento de escribir una letra, tal vez al escucharla no parece que puntualicen en una situación, quizás tengan cierta generalidad. Refieren a vicisitudes de la cotidianidad y no específicamente al amor – aunque haya algunas -; son sobre la amistad, la familia. Y puede ser que haya una constancia en describir el sentimiento de soledad, tiene que ver con no estar de acuerdo con ciertas cosas que pasan, y expresar qué nos pasa con todo eso. Además del amor o la amistad, también hay algo de crítica a la sociedad, que puede no se trasluzca al escucharse por primera vez, pero sí es algo que sentí poder transmitir.

 

¿Cuál es la evaluación del recorrido que tuvo el disco en el circuito y la respuesta del público con él? ¿Qué motivaciones encontraste, a partir de eso, para el entrante año?

 

Me sorprendió mucho la repercusión que tuvo el disco; me fue muy bien este año. En principio, para ser sincero, el álbum lo había empezado a grabar desde un segundo plano, por así decirlo. Tenía como proyecto principal mi banda. Luego de la separación, sí, comencé a meter muchas fichas, porque era lo que me quedaba. Y así fue creciendo mucho, tanto que necesité armar una banda para poder grabar el disco: Los Noruegos; y ellos mismos quisieron ser parte de éste; así que, en sentido estricto, ya no puedo decir que “soy solista”, ahora somos Roben y los Noruegos. A raíz de eso, el año que viene, la idea es lanzar un segundo disco ya como formato de banda, aunque seguiremos tocando las canciones de “Las cosas”, que ya tienen su versión “noruega”. Ellos las han incorporado bien, se han metido en cada tema. En este 2016 tocamos en muchos lados y la intención es seguir por la misma vía, en lugares cada vez más grandes, difundiendo lo más posible todo aquello que hacemos.

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