Rock en territorio hostil. Vol. 1: Cuba

Published On June 2, 2016 | By Martin Velazquez | Cultura, Musica

Despedazando el diversionismo ideológico: el show gratuito que ofrecieron los Rolling Stones el pasado 25 de marzo cerró un capítulo de intolerencia cultural de más de 50 años de parte del gobierno socialista cubano hacia el mainstream del rock anglosajón.

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Medio siglo arriba de los escenarios parece un plazo aceptable para haber rodado por el mundo entero. Pero todo vuelve a empezar, como aquella vez en el Marquee Club de Londres, cuando Mick Jagger toma el micrófono, saluda al medio millón de personas que se han acercado hasta La Ciudad Deportiva de La Habana, y despliega todo su magnetismo ante los primeros riffs de “Jumpin Jack Flash”. Es la primera vez para los ingleses en la isla: la lengua rompe una barrera más. La diplomacia que iniciara el presidente Barack Obama y su par cubano Raúl Castro, además de conseguir una apertura económica del país centroamericano al resto del mundo, ha corrido un velo que solía perturbar a las voces del rock en el territorio.

“Extravagante, afeminado, antisocial y pervertidor de los valores revolucionarios”, fue la calificación que le endilgó Fidel Castro al rock en uno de sus discursos en 1963. A pocos años de la Revolución en Sierra Maestra, la relación de la isla con el bloque soviético se había profundizado, y con ello también los valores que el comunismo defendía. El rock, aún en su rol de expresión de rebeldía, era la decadencia manifiesta del sistema capitalista y, por lo tanto, un enemigo de la moral socialista.

A pesar de los contratiempos, el rock en Cuba se sostuvo como una enredadera alrededor de un gran paredón. Infiltrado por el cine, el género norteamericano se introdujo lentamente con el público latino, mimetizándose con los ritmos más intrínsecos de la isla como el mambo y el chachachá. Los Llopis, impulsores de la pachanga y de una larga trayectoria internacional, fueron el ejemplo de que la electricidad de la música de Elvis Presley y la sangre caribeña podía fusionarse y dar un pie al género desde otro lugar.

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Los Llopis canalizaron la fuerza del rock por medio de ritmos de origen africano.

Sostenido desde las pocas transmisiones de radio que llegaban del país del norte, las siguientes décadas del rock en Cuba – 70′ y 80′ -, estuvieron marcadas por la repetición “casera” de los éxitos que se sucedían en tierra estadounidense, y de un completo desconocimiento respecto de las eras de esplendor que tuviera el movimiento británico, que incluyeron al glam y el punk. Aislados de los sonidos de vanguardia, los circuitos del rock cubano en los ochenta posaron su vista en alguna de las bandas que ocupaban un lugar preponderante en sudamérica, así llegaron a sus oídos algunos de los hits de Soda Stereo, Virus y Los Fabulosos Cadillacs, entre otros.

Impáctados por el rock de la región, en la isla empezaron a proliferar las bandas que dejaban atrás los covers para probar suerte con su lengua madre. Así surgió finalmente la Agencia Cubana del Rock, que nucleó a varias de las bandas que se habían formado tras la eclosión latina del género.

Punto de quiebre en el Teatro Karl Marx

 El 17 de febrero de 2001 fue un día atípico en las calles del pueblo cubano. Las filas de jóvenes por la Avenida 1 ilustraban un paisaje que congeniaba oscuras remeras de bandas con infinidad de objetos cubiertos de los colores patrios y el rostro del Che, de cara al emblemático teatro de La Habana. La espera, sin embargo, no era por la palabra del líder revolucionario, quien ocupó una butaca del palco frente al escenario que desplegó la bandera nacional sin su estrella, sino por una agrupación de rock extranjera: Manic Street Preachers. Infundados en fuertes convicciones progresistas y con un claro guiño a las políticas castrenses en su album Know Your Enemy, la agrupación oriunda de Blackwood estaba lista para romper un hermetismo que parecía eterno. Con la excusa de presentar su sexta placa, los “Manic”, en lo que ellos llamaron “el mayor honor de nuestra vida”, eran la primera banda de rock anglosajón en pisar la isla. Ante el vitoreo de la juventud del Partido, y con un pasaje de fuerte carga emocional en su tema “Baby Elian” – que critica explícitamente la construcción americana del cubano desesperado en huír hacia la “tierra de la oportunidad” -, interpretada en formato acústico y con un Castro impertérrito y de pie, los británicos, liderados por un exultante James Bradfield, habían hecho historia, en el sitio adecuado e ideal para hacerla.

La presentación que dio la banda galesa, más el show combativo que ofreció Audioslave en el denominado “protestódromo” cuatro años después, resultaron relevantes para surcar más la línea de tolerancia en la isla y fueron recibidos por el resto de mundo como el verdadero comienzo de la relación entre Cuba y la cultura del rock internacional.

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Sin embargo, no todo iba a resultar tan simple. El movimiento oriundo de norteamérica aún no era bien visto por la mayoría de las instituciones y por buena parte del público más enfervorizado con el Partido. La banda de punk rock Porno Para Ricardo, quien prediga en sus letras por el sexo libre y se declara abiertamente anticastrista, fue uno de los casos paradigmáticos de censura en el país cuando su lider, Gorki Aguila, fue detenido en 2003 por “atentar contra el régimen” y mantenido preso durante dos años, hasta ser finalmente liberado tras un fuerte repudio internacional (Gorki fue detenido nuevamente en 2008 y puesto en libertad, días después, por el mismo motivo).

El concierto que dieron los Dead Daisies con Bernard Fowler a la cabeza el año pasado, como puntapie (de tímido eco en el resto del continente), y la reciente presentación de los míticos Stones, parecen exhibir el cambio de conciencia definitivo respecto del rock en el país.

 

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