Scott Weiland, en el jardín de los demonios

Published On December 3, 2016 | By Martin Velazquez | Musica

Encontrado muerto un año atrás, fue una de las voces icónica del rock en los años noventa. Genio musical y cabeza de Stone Temple Pilots, debió lidiar contra su propia personalidad que lo fue llevando lenta e inevitablemente hacia la autodestrucción.

 

scott-weiland-a-1024

 

 
Las luces se prenden en el Dodge Theater. Los Pilots están de vuelta, en gira nacional tras un ferviente agite de la industria y el visto bueno de los hermanos DeLeo. Pero Weiland está casi inmóvil, su voz es temblorosa, como salido de un fardo, por momentos balbucea; agarrado del asta del micrófono augura un promisorio salvataje del ridículo, más que del show en la desértica Phoenix, del lodazal en que su mente ha vuelto a caer, una vez más, en una pendiente cuya tregua pareció ilusoria. “Time to wait too long/ To wait too long”, resuena “Big Empty”, como ruego, debajo de un ancho sombrero que se desploma contra el bombo de Eric Kretz, recreando una imagen cruda y sincera de una vida expuesta a vagar entre el limbo, abstraída, hasta que sus pasos decidan ceder.

 

California, Uber alles

 

Hijo pródigo del oleaje californiano, Weiland creció con su madre en la fabril Ohio, la ciudad alemana por excelencia en territorio americano. Con mueca inocente, un abultado pelo rubio y numerosas pecas sobre la nariz, de niño debió lidiar con el acoso de bravucones y abusones que llegaron incluso al extremo de violarlo. Introducido a la música por su padrastro (Dave Weiland), pasaba sus tardes colgado del despliegue atrevido de Rolling Stones y la cálida prosapia folkpop de los Kingston Trio, pero no podía sacar de sí la culpa, la tristeza y el enojo por la partida de su padre biológico, Kent, a quien visitaba durante el verano en completo mutismo.
California se había mostrado como la nueva morada del ska y el punk a fines de los ochenta, pero la “tercera ola” que exhibía a Mr Review, The Slackers y Operation Ivy, entre otras, estaba llegando a su fin. Weiland, ya con fama de renegado e impredescible, se ganaba unos dólares como impresor del Los Ángeles Daily Journal. La marea impulsando su tabla de surf era uno de los pocos prepucios de libertad encontrados, como una suspensión momentánea del tiempo. Atrapado en un fétido departamento de Long Beach junto a Robert Deleo, la música era una opción de alienación.

 

Los años como Piloto

 

Luego de años rodando por Los Angeles en reductos de mala muerte, Core (1992) fue el resultado de esa iniciativa con los Deleo y Eric Kratz a la que apostó Atlantic Records. Rápidamente, “Wicked Garden”, “Plush”, “Creep” comenzaron a ser tarareados en cuaquier lugar a cualquier hora. Los Pilots habían construido clásicos del rock del día a la mañana. Weiland estaba enérgico, rozagante; se movia de un lado a otro del escenario como una culebra: un neo-Iggy Pop. Sin embargo, la fama parecía una opresión en los hombros para el californiano. “Pendenciero, provocador, copia de Eddie Vedder”, eran algunos de los tantos calificativos de la prensa norteamericana para una de las nuevas caras del rock; él odiaba a cada una ellas, sea MTV o Rolling Stones; “son cubos llenos de basura”, decía. Nirvana y Pearl Jam, aún en su disparidad, brillaban como nunca; era una bola grunge a la que la banda fue arrastrada aún sin pertenecer. La cumbre alcanzada con “Interstate Love Song” y “Big Empty” no pudieron evadir a un Weiland desbordado por los químicos. Su detención en Pasadena con heroína y crack solo era un vestigio ínfimo de lo que vendría.

 

 

Los problemas de Scott empezaban a calar hondo en los Pilots, la gira de presentación de Tiny Music – uno de los mejores disco del cuarteto: un hard rock con ápices melódicos y profunda poesía – parecía poco probable viendo el deplorable estado de su líder. Los idas y vueltas en clínicas de rehabilitación, las fumatas interminables con Courtney Love, los desencuentros con su mujer Janina Castaneda, comenzarían a nublar el idilio. “Estoy atraído por los opios tanto como John Keats estuvo atraído por la muerte” diría Weiland años después en su autobiografía (Not Dead & Not for Sale). El resto de la banda formó Talk Show y Weiland siguió escribiendo en solitario, igual como lo hacía de niño. La banda, aún sin terminar, estaba quebrada. “Usted tiene un trastorno bipolar” le dijeron los médicos por esos años, pero él no quería medicaciones y ni tratamientos especiales. Era Scott Weiland por eso y a pesar de eso.

“I couldn`t find myself/ I didn´t want to find myself/ I Became invisible”, pasaba por la cabeza de Weiland cuando despertó milagrosamente de una nueva sobredósis de heroína a fines de los noventa. Su único destino era el dolor perpetuo; su nuevo hogar por 153 días: la prisión, tras haber violado su condena domiciliaria. En la cárcel, en su hogar, arriba del escenario; cualquier lugar era una condena. “Solo las drogas me hacen un hombre libre, flotando en un espacio sin demonios y dudas” diría luego en sus memorias.

 

Revólveres de cebita

 

tumblr_nytypsosdq1qz9ls2o1_1280

Shangri – La Dee Da y Thank You, aun con críticas favorables, parecieron más una forma de expulsar los últimos genes Pilots que una opción real de continuar por un camino ya embarrado. Scott ya había girado por su cuenta con 12 Bar Blues, pero una oferta económica irresistible y la posibilidad de mojarle la oreja a sus ex compañeros lo hizo cambiar de parecer. A pesar de haber odiado a Guns’n Roses, Weiland se había unido a sus ex integrantes para tocar como Velvet Revolver. “Era un producto para obtener ganancias” diría años después. Aún así, la banda había catapultado nuevamente a Weiland a lo más alto. Bastaba verlo en el vídeo “Slither” con su impronta Jesuschrist para quedar magnetizado por sus movimientos eléctricos y su voz, aunque más rota que antes, cargada de matices y sensibilidad. Weiland estaba más limpio que nunca, pero su incomodidad en formar parte de algo que siempre repudió lo impulsarían a un nuevo autoboicot. Tan solo meses después, Weiland estaba en prisión luego de manejar drogado su auto y volcar en la carretera. “Quiero abandonar este infierno, de veras, no quiero seguir puteando a la gente que me quiere”, dijo posteriormente en un comunicado.

 

Velvet Revolver se estaba cayendo por su propio peso y Weiland lo sabía. ¿Participar de la banda sonora de Hulk? ¿Qué mierda era eso? Su segundo disco en solitario, “Happy in Galoshes” (Feliz en Sandalias) era una manera de huir del sentimiento de culpa. Viajes en giras por separado, enfrentamientos con Slash, extremas diferencias musicales. El límite había llegado. “El segundo disco fue un fracaso y jamás estuve de acuerdo en la forma de llevarle a cabo. Viendo que el proyecto estaba muerto, les dije: se acabó, en cuanto terminemos la gira, me marcho. Ellos no lo aceptaron y se dedicaron a lanzar mierda sobre mí”, dijo Weiland, al que la banda, en un lugar común y reduccionista, acusó de haber echado por drogadicto.

 

Su última Oda

 

Los Pilots ya se habían reunido a escondidas para planear el reencuentro, pero el buen humor de Weiland los llevó a pensar en la posibilidad de volver a lo grande. Asi salió su sexto disco homónimo luego de siete años. El álbum era un éxito, pero los desniveles de Weiland preveían un nuevo estallido al caer. Los problemas en la gira de presentación de 2011 obligaron a los hermanos DeLeo a separar a Weiland para que se recupere de una vez por todas. Pero él no lo aceptaría, ¡A la mierda Stone Temple Pilots! El podía empezar de cero si lo quería. Sin perder el tiempo, juntó a un puñado de músicos amigos y salió de inmediato a tocar por el país, dándole nuevos aires a sus composiciones de STP y VR. “No me había sentido tan emocionado con una banda desde los días de Stone Temple Pilots”, decía en esos días.

Con una puesta más ligada a David Bowie – otro de sus grandes referentes – los Wildabouts dieron luz a su primer disco, Blaster. Lo había hecho de nuevo, las canciones eran frescas, sinceras, una amalgama de lo mejor del hard rock, el cálido pop que solía recubrir las canciones en los Pilots y algunos destellos de folk provenientes de sus años mozos. Sin embargo, los demonios seguían cercando a Weiland. La muerte abrupta del guitarrista Jeremy Brown a poco salir el álbum era un golpe directo a su cerebro, que lo sumergía nuevamente en la niebla que parecía haberse disipado.

 

screen-shot-2015-12-03-at-11-23-21-pm

 

Scott Weiland murió a poco de iniciarse la gira de Blaster, un 3 de diciembre de 2015 cerca de las nueve de la noche. La policía de Minnesota encontró su cuerpo en el autobús de la banda junto a una bolsa de cocaína. La autopsia determinó que la muerte fue producto de una sobredosis de drogas y alcohol. “I can’t live this way/ please refill my soul/ don’t have a nickel or a dollar but/ you feed me /my bottle’s empty but you always/ refuel me/ I feel I’m sinking/ but you won’t/ let me drown me” desprende “Lounge Fly”, como tantas otras, que desde un principio anunciaban su final. Aunque la prensa pareciera rescatarlo más por sus disputas con la ley, los que vivieron al lado de su música siempre lo recordarán por la sinceridad y belleza de su pluma; esa voz rasposa pero cercana que resulta tan familiar; ese aura de angel desesperado, sin alas, anhelando reencontrarse con su paz.

Like this Article? Share it!

About The Author

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *